Escrito por Alexandra F. Gilbert
Una calma apacible se apoderó de la sala, una señal no verbal de que todas estábamos pensando lo mismo: era hora de comer. Tras unas horas de animada conversación sobre la creación de un colectivo artesanal de mujeres, había llegado el momento de reponer fuerzas. Al salir del aula de la escuela, no nos recibió el aire fresco, sino, para nuestra alarma, una densa neblina de humo gris, salpicada por las llamas anaranjadas que lamían la vegetación cercana. Por mi mente pasaron inquietantes pensamientos sobre incendios forestales y deforestación. Sin embargo, al mirar a mi alrededor, las mujeres del grupo focal parecían estar observando la escena con la misma tranquilidad con la que podrían haber contemplado unas mariposas flotando perezosamente en el aire.
Perpleja, me acerqué a una de las mujeres, que llevaba a su hijo perfectamente equilibrado sobre la cadera, en busca de alguna explicación. Me respondió con toda naturalidad que, en efecto, habían encendido el fuego para eliminar la vegetación baja y reducir así el riesgo de que aparecieran serpientes y otros visitantes indeseados. Mentalmente añadí aquello a la creciente lista de formas en que había visto a las personas portadoras de conocimientos Tsimane’ utilizar el fuego como herramienta para sostener sus medios de vida. La seguridad, la incorporación más reciente, se sumaba ahora a las prácticas agrícolas, la cocina y las actividades artesanales, y me hizo preguntarme qué otras relaciones extraordinarias habían forjado con el fuego.
Como si hubiera estado esperando su momento, y para deleite de un grupo de niños, una serpiente majestuosa y enorme emergió de repente entre la hierba. En una escena que resultaba casi bíblica, el animal se dejó ver mientras se deslizaba sobre las zonas de hierba ennegrecida, esquivando las partes donde las llamas eran más intensas. Alcanzó el extremo opuesto de la zona que había sido quemada cuidadosamente y, una vez allí, volvió a camuflarse entre la hierba. Las mujeres del grupo me tranquilizaron explicándome que la serpiente no era venenosa. Aun así, me senté a comer agradecida por haber presenciado aquella escena y, al mismo tiempo, por saber que nuestra escamosa amiga se encontraba ahora un poco más lejos que antes.