Escrito por Júlia Orrit
Cuando viajamos a las comunidades arriba del río Maniqui, pasamos dos días viajando en canoa. No siempre es un viaje cómodo: muchas horas sentados, sin apenas poder movernos, bajo el sol o la lluvia, rodeados por el río y el bosque tropical. Sin embargo, estos dos días son mucho más que un simple trayecto de un lugar a otro. Son un tiempo para prepararnos, reflexionar y, poco a poco, dejar atrás un mundo para adentrarnos en otro.
Durante el viaje, pensamos en las semanas que nos esperan y en las que acabamos de dejar atrás, y en la transición de la vida individual de la ciudad a la comunidad que nos aguarda en la selva. Nos despedimos de la familia y los amigos en casa y nos preparamos para conectar con las personas que nos acompañaran durante las próximas tres semanas, con quienes compartiremos comidas, trabajaremos juntos o afrontaremos retos inesperados.
Cuando llega el momento de regresar, emprendemos el mismo viaje río abajo. Pero, aunque el río sea el mismo, ya no somos las mismas personas. Tres semanas viviendo en la selva y aprendiendo de la cultura Tsimane’ te transforman, te hacen crecer. Claro que, después de semanas en el campo, anhelas una ducha y una cama cómoda, sueñas con caminar por la calle sin que los mosquitos te piquen hasta el último rincón de tu piel y con reencontrarte con familiares y amigos. Pero también regresas con algo más difícil de expresar con palabras.
Vuelves un poco más agradecido por las experiencias compartidas con el equipo y la comunidad, un poco más triste por despedirte de quienes se han convertido en tu familia y un poco más conectado con el bosque y la gente que lo habita. Quizás regresas sabiendo un poco más sobre todo, o bien dándote cuenta de cuánto te queda por aprender.