Escrito por Mireia Alcántara Rodríguez.
¿Cómo pasamos de la teoría y los proyectos unidireccionales (a favor de las personas investigadoras) a la investigación participativa basada en la acción? Pues no hay una respuesta sencilla, pero podemos empezar con dos cosas: empatía y amor. Esto no es un argumento cursi, sino la propia realidad, o al menos, como la hemos experimentado nosotras.
Nos decía Gloria Steinem (1934–2026) que “la empatía es la más radical de todas las emociones humanas”. La empatía nos permite la inmersión en la realidad de otros humanos (o animales) e implica un compromiso activo y consciente, libre de juicios. Tiene un increíble poder transformador, creando vínculos de confianza y respeto. Por otro lado, bell hooks (1952-2021) tenía muy claro que el amor requiere cuidado, compromiso y responsabilidad; que no es solo un sentimiento, sino una acción.
Si combinamos todos estos ingredientes (empatía, compromiso, cuidados, confianza, responsabilidad y respeto) tenemos la receta idónea para abarcar una investigación basada en las necesidades de nuestras colaboradoras locales, alineadas con nuestros objetivos de investigación. De hecho, estos últimos se moldean en base a los contextos locales y deben apostar por la reciprocidad.
No es un camino fácil. Y definitivamente no es el camino normativo en el que se nos suele guiar en la ciencia y la academia. Hemos cometido errores, hemos rivalizado entre nosotras (en una sociedad competitiva, individualista y patriarcal, no es de extrañar que se alimenten nuestras inseguridades y acabemos enfrentadas), y nos hemos, a veces, derrumbado un poco.
Pero si algo hemos aprendido juntas, es a darnos la mano para levantarnos de nuevo, a reconocer nuestros errores y a comprendernos y respetarnos las unas a las otras, más allá de nuestras diferencias. Y eso ha requerido mucha empatía y muchísimo amor; lo cual se ha traducido en una investigación colaborativa donde nuestras ideas se han ido transformando, poco a poco, en acciones. Estas acciones han incluido diversos procesos junto y para (aunque no exclusivamente) las mujeres Tsimane’, en línea con el estudio de los cambios socio ecológicos y los proyectos de revitalización biocultural.
Aún queda mucho camino por recorrer y lo más complejo es darles continuidad a los proyectos empezados. Para ello se requiere un compromiso constante, no solo con la ciencia, sino con las personas que forman parte de esta investigación y, especialmente, con las mujeres. Entre nosotras hemos conectado redes de cuidados e investigación científica; demostrando que estos campos no son excluyentes, sino que, al contrario, es necesario abordarlos conjuntamente, por mucho que esto constituya un acto radical.